Frío e inmunidad: ¿por qué aumentan las infecciones respiratorias?

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Con la llegada de los meses más fríos se repite un fenómeno conocido: aumentan los resfriados y otras infecciones de las vías respiratorias. Pero ¿es realmente el frío el responsable? La respuesta es más interesante de lo que parece.

El frío no provoca por sí mismo una infección respiratoria: para que exista una infección vírica tiene que haber un virus. Sin embargo, el descenso de las temperaturas coincide con una serie de cambios ambientales, sociales y fisiológicos que pueden favorecer la transmisión de determinados virus y modificar algunos de nuestros mecanismos naturales de defensa.

Entender esta relación nos permite mirar los meses fríos desde otra perspectiva: no solamente pensando en los virus que circulan, sino también en cómo funciona nuestra primera línea de defensa frente al exterior.

¿El frío realmente nos hace enfermar?

Durante mucho tiempo se ha simplificado la cuestión en dos posiciones aparentemente opuestas: “el frío provoca resfriados” o “el frío no tiene absolutamente nada que ver”.

La realidad biológica es bastante más compleja.

Las infecciones respiratorias presentan una marcada estacionalidad, especialmente en los climas templados. Diferentes investigaciones señalan tres grandes factores que pueden contribuir a ella:

1. Las condiciones ambientales, especialmente temperatura y humedad.

2. Los cambios en nuestro comportamiento, como permanecer más tiempo en interiores y aumentar el contacto próximo entre personas.

3. Los cambios que esas condiciones ambientales pueden producir en los mecanismos de defensa de nuestras vías respiratorias.

Por tanto, el frío no debe entenderse como la “causa” de una infección, sino como una de las variables que pueden modificar el escenario en el que interactúan virus, ambiente y organismo.

La nariz: una primera línea de defensa

Cuando respiramos, nuestras vías respiratorias están constantemente en contacto con el medio exterior.

Y la nariz no es simplemente el conducto por el que entra el aire.

La mucosa nasal constituye una sofisticada barrera biológica. El moco puede atrapar partículas y microorganismos, mientras que los cilios presentes en el epitelio respiratorio contribuyen a desplazarlos hacia el exterior mediante el denominado aclaramiento mucociliar.

Pero existe además una dimensión menos visible.

Las propias células del epitelio respiratorio participan en la inmunidad innata. Son capaces de reconocer determinadas señales asociadas a microorganismos y activar mecanismos defensivos, entre ellos la producción de interferones y otras moléculas relacionadas con la respuesta antiviral.

Es decir, nuestro sistema inmunitario comienza a actuar en el mismo lugar por el que intentan entrar muchos virus respiratorios.

Temperatura e inmunidad local: una relación sorprendente

Aquí encontramos uno de los aspectos más interesantes de la investigación.

Los rinovirus, responsables de una proporción importante de los resfriados comunes, encuentran en las vías respiratorias superiores un entorno especialmente favorable.

En estudios experimentales se ha observado que la respuesta antiviral de determinadas células de las vías respiratorias puede variar según la temperatura. En modelos celulares, temperaturas similares a las que pueden encontrarse en las vías respiratorias superiores se han asociado con una respuesta antiviral innata menos intensa frente a determinados rinovirus que la observada a temperaturas próximas a la temperatura corporal central.

Esto ayuda a comprender por qué la relación entre frío y resfriado no puede reducirse simplemente a un mito.

El frío no crea un virus, pero la temperatura puede influir tanto sobre determinados virus como sobre algunos mecanismos de defensa del huésped.

Cuando el aire se vuelve más seco

La temperatura no actúa sola.

La humedad constituye otro factor relevante para nuestras vías respiratorias.

El aire seco puede afectar al funcionamiento de la barrera mucociliar. Cuando este mecanismo pierde eficacia, la eliminación de partículas y microorganismos depositados sobre las vías respiratorias puede verse comprometida.

Temperatura y humedad también pueden influir en la estabilidad y transmisión de determinados virus, aunque su efecto no es idéntico para todos ellos.

Por eso no existe una única explicación para la llamada “temporada de resfriados”.

Es el resultado de múltiples factores que actúan simultáneamente.

Y además, cambiamos nuestra forma de vivir

Existe otra razón mucho más sencilla.

Cuando bajan las temperaturas permanecemos más tiempo en interiores: oficinas, colegios, transporte público, comercios, restaurantes y viviendas.

Compartimos espacios cerrados durante más tiempo y, dependiendo de las condiciones, la ventilación puede ser menor.

Por tanto, durante los meses fríos pueden coincidir varios elementos:

más oportunidades de transmisión + determinadas condiciones ambientales + modificaciones de las defensas locales de las vías respiratorias.

Esta combinación ayuda a explicar por qué numerosos virus respiratorios presentan una clara estacionalidad en los climas templados.

Del sistema respiratorio al sistema inmunitario

Superada la primera barrera, entra en juego una extraordinaria red de células, tejidos y señales químicas que denominamos sistema inmunitario.

Para funcionar normalmente, este sistema necesita energía y numerosos nutrientes.

Algunos micronutrientes tienen funciones especialmente bien establecidas. Por ejemplo, el zinc y las vitaminas C y D contribuyen al funcionamiento normal del sistema inmunitario.

Esto no significa que consumir cantidades cada vez mayores produzca unas “defensas más fuertes”. El sistema inmunitario necesita equilibrio y un estado nutricional adecuado, no una estimulación indiscriminada.

Por ello, la base continúa siendo una alimentación variada y equilibrada, acompañada de descanso suficiente, actividad física y hábitos de vida saludables.

La suplementación puede formar parte de una estrategia nutricional cuando resulte conveniente complementar el aporte de determinados nutrientes.

Vitamina D: un micronutriente especialmente interesante durante los meses de menor exposición solar

La vitamina D merece una mención particular.

A diferencia de la mayoría de las vitaminas, una parte importante de nuestra disponibilidad de vitamina D está relacionada con su síntesis cutánea mediante la exposición a la radiación ultravioleta B.

Cuando disminuyen las horas de luz y la exposición solar efectiva, la síntesis cutánea puede reducirse.

Además de su conocido papel en el mantenimiento de los huesos y la función muscular, la vitamina D contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario.

Por eso, mantener un estado nutricional adecuado de vitamina D adquiere especial interés durante las épocas del año en las que la exposición solar es menor.

Microbiota e inmunidad: las defensas no empiezan y terminan en las vías respiratorias

Existe todavía otra pieza del puzle.

Nuestro organismo convive con billones de microorganismos, especialmente en el intestino. Esta comunidad —la microbiota intestinal— mantiene una interacción constante con las mucosas y con el sistema inmunitario.

El intestino constituye una de las grandes superficies de contacto entre nuestro organismo y el medio exterior, y alberga una importante actividad inmunológica.

La investigación sobre la relación entre microbiota, barrera intestinal e inmunidad ha crecido enormemente durante las últimas décadas.

Esto refuerza una idea importante: el sistema inmunitario no funciona de manera aislada. Forma parte de una red en la que intervienen las mucosas, la microbiota, el estado nutricional, el metabolismo y numerosos mecanismos de regulación.

Cuidar las defensas antes de necesitarlas

Habitualmente pensamos en nuestras defensas cuando ya aparecen congestión, molestias de garganta o los primeros síntomas de un resfriado.

Sin embargo, el sistema inmunitario trabaja todos los días.

Mantener una alimentación equilibrada, asegurar un aporte adecuado de micronutrientes, descansar suficientemente, realizar actividad física, cuidar nuestras mucosas y ventilar adecuadamente los espacios cerrados son medidas sencillas que contribuyen al mantenimiento general del organismo.

Desde la nutrición ortomolecular podemos añadir otra pregunta:

¿Dispone nuestro organismo de los nutrientes que necesita para realizar correctamente sus funciones fisiológicas?

No se trata de intentar convertir el sistema inmunitario en una barrera infranqueable, sino de proporcionarle las condiciones necesarias para que pueda funcionar normalmente.

Apoyo nutricional durante los meses fríos

Dentro de la gama Physionat existen diferentes formulaciones que permiten abordar esta época del año desde perspectivas complementarias.

DEFENSIUM HE

DEFENSIUM HE combina propóleo BIO, saúco negro, boswellia, zinc bisglicinato y aceites esenciales de ravintsara, eucalipto radiata y árbol del té.

Su formulación está especialmente orientada a acompañar la esfera ORL —oído, nariz y garganta— y el confort respiratorio. El zinc contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario y a la protección de las células frente al estrés oxidativo.

IMMUNIUM PLUS

IMMUNIUM PLUS adopta un enfoque nutricional más global.

Su fórmula combina Reishi, Cordyceps sinensis, equinácea, acerola, uña de gato, zinc, selenio, manganeso y vitaminas del grupo B y D3.

La vitamina C presente en la acerola, la vitamina D y el zinc contribuyen al funcionamiento normal del sistema inmunitario. La vitamina C contribuye además a la protección de las células frente al estrés oxidativo y a la reducción del cansancio y la fatiga.

D-MAX

D-MAX combina vitamina D3 y vitamina K2.

La vitamina D contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario y participa también en el mantenimiento normal de huesos, músculos y dientes.

Puede resultar especialmente interesante considerar el aporte de vitamina D durante las épocas del año en las que disminuye la exposición solar.

Microbiota: FLORIUM+ y PREBIOMAX

Desde otra perspectiva complementaria, FLORIUM+ aporta una combinación de cepas probióticas, mientras que PREBIOMAX aporta fibras como goma de acacia, inulina de achicoria y pectina de manzana, junto con beta-glucanos.

Dos aproximaciones diferentes dirigidas al ecosistema intestinal, cuya interacción con el sistema inmunitario constituye actualmente un importante campo de investigación.

Una idea para recordar

El frío no es un virus. Pero tampoco es un simple espectador.

El descenso de las temperaturas coincide con cambios en la humedad, en nuestros hábitos y en las condiciones de nuestras vías respiratorias. Todos ellos pueden intervenir en la estacionalidad de las infecciones respiratorias.

Comprender estos mecanismos cambia también nuestra manera de hablar de “las defensas”.

No se trata únicamente de actuar cuando aparece un resfriado.

Se trata de mantener durante todo el año las condiciones nutricionales y fisiológicas necesarias para que nuestras barreras naturales y nuestro sistema inmunitario puedan realizar correctamente su función.

 


Referencias científicas

Moriyama M, Hugentobler WJ, Iwasaki A. Seasonality of Respiratory Viral Infections. Annual Review of Virology. 2020.

Foxman EF et al. Temperature-dependent innate defense against the common cold virus limits viral replication at warm temperature in mouse airway cells. Proceedings of the National Academy of Sciences. 2015.

Pica N, Bouvier NM. Environmental factors affecting the transmission of respiratory viruses. Current Opinion in Virology. 2012.

Shang X et al. Climatic factors drive global viral respiratory infections with regional heterogeneity: A systematic review and meta-analysis. Environment International. 2026.

Comisión Europea. EU Register of Nutrition and Health Claims.

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